RELATOS NAVIDEÑOS


Entre la multitud

El hombre despertó aquella mañana de diciembre con la misma sensación que lo acompañaba desde hacía años: un silencio interior que no tenía nada que ver con el ruido exterior. Afuera, la ciudad hervía con prisas, villancicos y luces que parpadeaban sin pedir permiso. Dentro, en cambio, el hombre solo escuchaba el eco de una pregunta que nunca había respondido: ¿En qué momento empezó a sentirse tan lejos de todo?

Abrió la ventana. Un viento frío le acarició la cara, y por un instante pensó que el invierno era el único ser honesto que le quedaba. El resto, incluso las personas, le parecían decorados colocados demasiado rápido, demasiado artificiales, demasiado superficiales para alguien que buscaba, sin saber cómo, un lugar donde descansar.

Al salir a la calle, vio lo de siempre: parejas intercambiando fotos más que miradas, grupos de amigos que reían con un volumen que intentaba tapar el miedo a quedarse solos, familias posando frente a escaparates como si la felicidad pudiera congelarse en una imagen. El hombre caminó entre ellos sin esperar que nadie lo viera. Y acertó: no lo vieron.

La soledad no era para él un cuarto vacío; era caminar entre la multitud sin que la multitud te atraviese. Era estar rodeado de voces y sentir que ninguna realmente dice algo. Era ver a los demás aferrados a la compañía como quien sostiene una cuerda para no caerse... mientras él caminaba sin nada a lo que agarrarse, confiando en un equilibrio cada vez más frágil.

A veces se preguntaba si la compañía que tanto admiraba en otros era real. ¿De verdad se entendían entre ellos? ¿O solo se acompañaban para no hundirse? No lo sabía. Y de algún modo, no se atrevía a averiguarlo.

En una esquina observó a un grupo de jóvenes haciéndose fotos frente a un enorme árbol iluminado. Nadie miraba las luces, solo miraban la pantalla del móvil. Nadie parecía estar con los demás, solo estaban con su propia imagen. Y el hombre sintió que aquella escena era un espejo roto en el que prefería no verse reflejado.

El reloj de la plaza marcaba las doce. Las campanas sonaron con un eco frío, casi metálico. Cada campanada le recordó algo: El tiempo no se detiene, aunque tú sí.

Hubo una época en la que el hombre pensaba que crecer era avanzar. Ahora sospechaba que crecer era, más bien, perder capas: ilusiones, impulsos, deseos que se evaporaban como vaho frente al cristal.

Y sin embargo, no era nostalgia lo que sentía, sino una especie de cansancio antiguo, como si hubiera vivido dos vidas sin haber aprovechado ninguna. Se preguntó qué quedaría de él en unos años. No recordatorios, no fotos, no mensajes. Solo días que se parecían demasiado unos a otros, como si el tiempo hubiera decidido repetirse para no confundirse.

Mientras caminaba, vio a un anciano barriendo la entrada de una tienda. Sus movimientos eran lentos, pero firmes, como si cada gesto fuera un pequeño acto de resistencia contra el olvido.El hombre pensó que tal vez así era como se vencía al tiempo: no avanzando más rápido que él, sino negándose a desaparecer. Pero ¿cómo se hace eso cuando uno siente que ya está desvaneciéndose?

La ciudad parecía haber olvidado cómo ser auténtica. Todo estaba diseñado para verse bonito a distancia, como si la profundidad fuera un peligro.

El hombre entró en una cafetería abarrotada. Todos hablaban, pero nadie escuchaba. Todos sonreían, pero nadie parecía feliz. Pidió un café y se sentó junto a la ventana. Lo que vio al otro lado del cristal le confirmó algo que llevaba sintiendo desde hacía tiempo: vivimos rodeados de gente, pero solos frente al mundo.

En la mesa de al lado, dos personas discutían sin levantar la voz, cada una atrapada en su propio punto de vista, incapaz de mirar más allá de sus argumentos e ideales. Frente a ellos, una pareja se besaba solo después de comprobar que la cámara estaba grabando. Una niña señalaba un escaparate lleno de juguetes, mientras su madre, sin mirarla, asentía automáticamente.

El hombre quiso intervenir en el mundo, aunque fuera con un gesto pequeño: mirar a alguien a los ojos, decir algo sincero, romper por un instante la indiferencia. Pero nadie le devolvía la mirada. Era como si él fuera un personaje secundario en la vida de los demás, mientras nadie era protagonista en la suya.

Cuando cayó la noche, las luces navideñas se encendieron al mismo tiempo, como un acto coreografía do. La ciudad brillaba, pero el brillo no calentaba. La belleza

estaba ahí, pero era una belleza sospechosa: demasiado uniforme, demasiado calculada.

El hombre siguió caminando hasta llegar a un puente. El río bajo él avanzaba lento, arrastrando hojas secas y reflejos temblorosos de las farolas. Se apoyó en la barandilla. No para huir, ni para pensar en cosas oscuras, sino para descansar del mundo. La soledad a veces pesa más que el propio cuerpo. Miró el agua y vio su reflejo, mezclado con la luz. Y sin quererlo, pensó: ¿Quién soy cuando nadie me mira? ¿Una sombra? ¿Una presencia? ¿O alguien que simplemente ha olvidado escucharse a sí mismo? El paso del tiempo se sentía como el agua: constante, inevitable. Y la superficialidad del mundo le parecía como las luces reflejadas: brillantes, sí, pero incapaces de iluminar de verdad.

El viento sopló fuerte y el hombre cerró los ojos. Y en ese instante, sin ruido, sin milagros, sin dramatismo entendió algo sencillo: No estaba solo porque no hubiera gente, estaba solo porque había dejado de buscarse. La autenticidad no estaba en los demás; estaba en lo que él decidiera hacer con su propia vida, aunque fuera un gesto pequeño. El tiempo no era un enemigo; era un recordatorio de que cada día podía ser distinto, si él lo permitía. Y la compañía no se encontraba pidiendo que lo vieran, sino atreviéndose a ver a los demás sin miedo a lo que pudiera encontrar.

Abrió los ojos. La ciudad era la misma, pero él no. Quizá no tenía grandes respuestas, ni un propósito claro, ni un camino iluminado. Pero sí tenía algo que no había sentido en mucho tiempo: la certeza de que aún podía cambiar. Y mientras volvía a casa, entre las calles llenas de luces que ya no le parecían tan vacías, comprendió que la Navidad no era un adorno, ni una actuación, ni una foto perfecta. La Navidad, pensó, es un espejo. Y cada uno decide si quiere mirarse o seguir pasando de largo.

Siham Afkir


UNA HISTORIA DE NAVIDAD

Era una cálida noche de Nochebuena, y tras una bonita y divertida cena con varios villancicos populares y pasar una agradable noche en familia, era hora de irse a dormir. La familia de esta historia estaba formada por la madre, el padre, el hijo mayor, un adolescente de trece años, y una hermana menor de nueve años.

La pequeña subió corriendo torpemente las escaleras para dirigirse a su habitación, para acostarse antes que nadie, pensando que así adelantaría el ansiado momento de la Navidad de cualquier niño: la llegada de Papá Noel. Sin embargo, el hijo mayor no se veía tan emocionado; en lugar de ilusión su cara reflejaba aburrimiento, y tampoco subió rápidamente las escaleras, sino que las subió dejando escapar de su boca largos suspiros combinados con un repetido rodar de ojos, con una velocidad lenta, como si realmente no quisiera llegar a su habitación para dormir. El chico pensaba que ya era mayor, y que creer en la existencia de un anciano mágico y bondadoso que allanaba casas cada noche del 24 de diciembre como lo era Papá Noel era totalmente infantil y absurdo. En cambio, su madre se asomó a su habitación con un ápice de esperanza por que su hijo recuperara su espíritu navideño como cuando era más pequeño, intentando soltar frases con tono de intriga y haciendo referencia a los regalos o a la misma llegada de Papá Noel, pero la respuesta de su hijo terminó por quitarle la esperanza a la madre; este simplemente se tiró en la cama, de una manera algo bruta, agarró su manta para cubrirse por completo mientras de su boca salían suspiros de tono enfadado e iracundo. Su madre decidió cerrar la puerta, dejando a su hijo el espacio que pedía a gritos con su silencio y sus suspiros sarcásticos. Seguidamente, se dirigió a la habitación de su hija, ya dormida, para darle el beso de buenas noches para, por último, dirigirse a su habitación para dormir con el padre.

A eso de las tres de la madrugada, el niño tras una larga lucha contra el insomnio y tras ver que le era imposible conciliar el sueño, decidió bajar al comedor a desquitar sus frustraciones adolescentes con la decoración navideña que tanto les había costado colocar a sus padres. Y así lo hizo, abrió la puerta y bajó sigilosamente las escaleras, procurando no despertar a ninguno de los miembros de la familia restantes.

Al llegar al comedor, encendió cautelosamente la luz y fue directo al gran árbol situado en el centro de la sala que estaría adornado con mil bolas de colores, despampanantes y guirnaldas y unas luces especialmente brillantes. Lo primero que hizo fue soltar un manotazo al árbol, tirando bruscamente varias de las bolas haciendo que al caer algunas de ellas quedasen rotas y agrietadas.

Mientras continuaba destrozando todo lo que podía haber relacionado con la Navidad en su salón, escuchó un lejano y suave tintineo muy a lo lejos pero estaba demasiado ocupado en destruir los adornos de su casa como para darle importancia ya que pensó que el tintineo era el ruido causado por el destrozo ocasionado. Pasados los minutos, un destello dorado bajó lentamente por la chimenea situada tras el niño, haciendo que primeramente se exalte pensando que eran sus padres y que venían a regañarle por lo que estaba haciendo o tal vez hacer un teatrillo absurdo para devolverle la fe que tanto deseaban que el niño volviera a tener, pero para su sorpresa era aquel anciano bondadoso que tanto repudiaba.

Tras ese desastre, lo primero que rompió el silencio que inundaba aquella habitación fue una pregunta retórica y sorpresiva del anciano mágico, algo horrorizado, pero al ver al niño y analizarlo de pies a cabeza en cuestión de segundos, entendió a la perfección lo que pasaba y lo que sentía aquel adolescente en plena etapa de rebeldía, y en lugar de gritarle, enfadarse o meterle a la famosa "lista de niños malos", decidió darle el mejor regalo de Navidad de todos, devolverle la fe acompañado del espíritu de esa fecha tan mágica e importante. Metió la mano en su abrigo, sacando de este una campanilla dorada con un lazo rojo brillante en la parte de arriba, mientras extendía su mano para que el niño la cogiera. Le dijo que si la agitaba mientras cerraba los ojos y rebuscaba en su interior un ápice de fe, escucharía tintinear aquel objeto.

Tras varios intentos fallidos finalmente lo logró, tras lograrlo se quedó en silencio unos instantes y poco a poco se vio con los ojos inundados por lágrimas, para después abalanzarse sobre Papá Noel llenándolo de disculpas ahogadas por vergüenza y arrepentimiento, y agradeciéndole por el acto tan mágico que había tenido con él en ese momento.

Por último, arreglaron juntos aquel desastre; tras acabar de dejarlo todo tal y como estaba al principio de manera exacta y calculada, el niño volvió a su habitación, contento y satisfecho sin soltar aquella campanilla mientras que le inundaban las ganas de que ya saliese el Sol. Con el paso del tiempo mucha gente de su círculo cercano como amigos, padres o profesores dejaron de escuchar el tintineo de la campanilla, alegando que cada vez la escuchaban de manera más suave y casi imperceptible, pero el chico tras aquella mágica noche de Nochebuena no podía permitir que la campanilla dejase de tintinear para él.

Cada nochebuena agita la campanilla a través de su ventana, exactamente a la hora que Papá Noel irrumpió en su casa aquella noche, para demostrarle lo agradecido que le estaba por lo mucho que había hecho por él en tan solo una noche.

Ariadna Anguita


Papá Noel y el problema con los regalos

Hace muchos, muchos años, en un pueblo muy grande, cada vez que se acercaba la Navidad, sus habitantes se ponían tristes, sobre todo los niños y las niñas, porque Papá Noel no les traía ningún regalo. El pueblo estaba todo decorado con luces, árboles enormes...todo muy bonito, pero faltaban los regalos.

Pero un día, un niño lo cambió todo. Él se enteró de que Papá Noel tenía un problema, y que cada año le desaparecían los regalos porque alguien iba a su casa y los robaba todos. El niño estuvo buscando a las afueras del pueblo durante días y días. Un día observó una casa misteriosa, vecina a la casa de Papá Noel, y rápidamente fue hacia ella.

Llegó al lugar corriendo, y primero se asomó a la casa de Papá Noel, que era pequeña, pero suficiente para vivir. Ya tenía todos los regalos preparados, así que el niño se fue a asomar a la otra casa, la casa misteriosa. La casa era grande, y tenía una habitación enorme y llena de juguetes, pero desordenadísima. Vio que había papeles de regalos y cajas donde ponían los nombres de los niños del pueblo. Sospechó mucho, porque no era normal que tuviese tantos regalos y juguetes. Entonces volvió a su casa muy rápidamente, y tuvo la gran idea de quedarse a dormir, cogió un saco de dormir y se fue para allá. Se puso al lado de la ventana a pasar la noche.

En breve apareció otro niño en la habitación, haciendo travesuras y abriendo todos los regalos, mientras nuestro protagonista observaba desde la ventana. Era ya de noche, y el niño no se dormía, y decidió salir de la casa hacia la casa de Papá Noel. El otro niño iba detrás, escondiéndose y vigilándolo hasta que entró la casa de Papa Noel. Como Papá Noel estaba dormido, el niño de la casa misteriosa aprovechó y se llevó todos los regalos, pero justo cuando iba a salir, el otro niño salió de su escondite y lo pilló, Papá Noel despertó, salió y se enteró de todo. Rápidamente le quitó los regalos y fue en busca de sus padres. Los padres se sorprendieron y lo castigaron sin Navidad. Y por fin los regalos llegaron a las casas de los niños, el pueblo entero fue feliz y Papá Noel también. Todos fueron a darle las gracias al valiente niño y pasaron una feliz Navidad.

Jorge Vilas Funchal.

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